El interior del país y su relación simbiótica con el turismo, son factores que realmente mueven la aguja del desarrollo sostenible. Hoy te invito a que hagamos una pausa y miremos más allá de la capital, más allá de los rascacielos de la Avenida Balboa y de Paitilla.
Pensemos un poco. Cuando un turista decide visitar Pedasí, Boquete, Santa Catalina o Portobelo, no solo está "gastando dinero". Está inyectando liquidez directa en comunidades que, históricamente, han dependido de la agricultura o la ganadería, sectores que si bien son nobles, enfrentan volatilidades tremendas. El turismo diversifica esa matriz de riesgo.
Desde una perspectiva financiera, el impacto es multiplicador. Ese dólar que entra en una fonda en el interior circula mucho más rápido en la economía local que un dólar invertido en una gran corporación. Paga al agricultor que trajo el tomate, al transportista, al artesano y al guía local. Estamos hablando de una cadena de valor que, si se gestiona bien, reduce la desigualdad de manera orgánica.
¿Qué nos falta para dar el salto?
Nos falta Infraestructura y capacitación financiera. No podemos esperar que el turismo florezca si no hay agua potable garantizada en Azuero o si la conectividad digital en la montaña coclesana es deficiente. La inversión pública debe dejar de ser una promesa y convertirse en una ejecución que se pueda palpar, que se pueda medir.
Además, nuestros emprendedores turísticos del interior necesitan acceso al crédito real, no en papel. La banca debe mirar al interior con otros ojos, entendiendo los ciclos del turismo, que no son los mismos que los del comercio en la ciudad. Necesitamos productos financieros a la medida para que esa pequeña hostal en Veraguas pueda expandirse o para que ese operador de tours en Chiriquí certifique a su personal.
El turismo es "petróleo verde", pero a diferencia del petróleo, este recurso se renueva si lo cuidamos. La sostenibilidad no es solo ambiental, es financiera. Un pueblo del interior con una economía turística robusta es un pueblo que no expulsa a sus jóvenes hacia la capital en busca de empleo, sino que retiene talento y genera arraigo.
Los ejemplos más evidentes son los impactos en carnavales y en Semana Santa. Apostar por el turismo en el interior durante estas celebraciones no es caridad, es estrategia económica pura y dura. Es entender que Panamá no termina en el Puente de las Américas. El verdadero potencial de crecimiento, ese que nos puede llevar al siguiente nivel de desarrollo humano, está en nuestras provincias. Hagamos números, pero sobre todo, hagamos patria invirtiendo donde más cuenta.