El centro bancario panameño, históricamente un pilar de la economía nacional, se encuentra en una encrucijada. Las recientes declaraciones del presidente José Raúl Mulino, quien ha dicho que buscará eliminar "todo aquello que aleje la inversión extranjera", iluminan con urgencia los riesgos latentes y la necesidad de una modernización competitiva.
El principal riesgo es tiene que ver con el marco regulatorio y las acciones para competir de tú a tú con otras jurisdicciones. Mientras Singapur ha creado ecosistemas favorables para la banca privada y la gestión de patrimonios con regulaciones ágiles y claras, Panamá aún lucha contra una reputación heredada de opacidad. La falta de una Ley de Empresas de Inversión Colectiva (crowdfunding o crowdlending en inglés) o un marco robusto para activos digitales aleja al capital innovador y joven. Este último ya bajo exploración seria de varios importantes actores locales.
La banca moderna ya no compite solo con tasas de interés, sino con estabilidad jurídica y conectividad digital. Si otros centros financieros ofrecen marcos más atractivos para profesionales y clientes de alta gama, Panamá podría ver erosionada su ventaja competitiva. La percepción de opacidad, aunque el presidente Mulino busque combatirla, es un lastre potente.
Transformación digital no es una opción
Está claro que nos hemos quedado atrás en la transformación digital. Suiza se reinventó adoptando estándares globales de transparencia (como el CRS) y fomentando las Fintechs. Panamá debe digitalizar sus servicios financieros y estatales para reducir la burocracia. ¿Qué hacemos entonces? Es imperativo aprobar leyes pendientes que regulen fintech, fondos de inversión y criptoactivos, creando un sandbox regulatorio que permita la innovación controlada. La agenda debe estar alineada con estándares internacionales para mejorar la reputación y atraer inversión seria.
El gobierno debe trabajar con la Asociación Bancaria en una campaña internacional que destaque los avances en transparencia y otras fortalezas competitivas como la polarización. El mensaje del presidente Mulino reconociendo al Centro Bancario como importante pero también como facilitador de transacciones dudosas debe traducirse en hechos concretos que reconstruyan la confianza. Crear alianzas entre la banca y las universidades para desarrollar programas especializados en ciberseguridad y data analytics (análisis de datos). Paralelamente, el Estado debe impulsar una ventanilla única digital para negocios, agilizando la constitución de empresas y el cumplimiento tributario.
Está en nosotros reconocer una verdad: el centro bancario panameño no está condenado al declive, pero la complacencia sí es su mayor amenaza. Las intenciones de todos en Panamá debe ser la obsesión por generar confianza. El siguiente paso, y el más crucial, es emular la agilidad y visión, transformando el desafío reputacional en una oportunidad para construir un centro financiero moderno y que pueda competir plenamente en el siglo XXI.





