El investigador de la UTP, Arthur James, asegura que Panamá avanza en la dirección correcta al retomar el debate sobre biocombustibles, como el etanol en los combustibles, pero advierte que debe hacerse con base científica y expectativas realistas.
Biocombustibles: más allá de la caña y el maíz
El investigador aclara que el enfoque actual no apunta a biocombustibles de primera generación como el etanol producido a partir de caña o maíz sino a combustibles de segunda generación, elaborados con desechos y materias no comestibles, lo que evita competir con la producción de alimentos.
Sobre la posible implementación del E10 (10% de etanol en la gasolina), James señala que su principal beneficio no es necesariamente la reducción inmediata del precio del combustible, sino la mejora del octanaje y la disminución de emisiones contaminantes, tal como ocurrió en países como Estados Unidos y Brasil.
Menos emisiones, no necesariamente menor precio
El precio no tiene por qué bajar de inmediato. “Se trata de desarrollar una industria que hoy no existe en Panamá. Al inicio puede ser más costoso, pero es una inversión a largo plazo”, explica.
James también subraya que, por el tamaño del mercado panameño, algunas iniciativas anteriores no prosperaron, pero ve oportunidades en cultivos no comestibles, utilizado en otros países para producir aceites destinados a biocombustibles de segunda generación.
Para el consumidor, el mensaje es claro: no hay razón para temer. Mientras se cumplan los estándares de calidad y los protocolos de supervisión establecidos por la Secretaría Nacional de Energía, el etanol funcionará como un aditivo seguro.
El reto ahora está en la Asamblea Nacional: aprobar un marco legal que permita una adopción responsable, sostenible y técnicamente sustentada, sin vender falsas promesas ni improvisar políticas energéticas.



