Las familias no saben qué pasará este último trimestre con la educación de sus hijos. El terremoto de magnitud 7,7 del viernes prácticamente borró las escuelas a las que iban, y aunque no dejó muertos, sí dañó centenares de colegios en la recta final del año escolar en Panamá, que concluye en diciembre.
Eran escuelas públicas en pequeñas áreas rurales y de difícil acceso de la región conocida como península de Azuero, ubicada en el suroeste de Panamá y epicentro del temblor.
“Se perdieron esas escuelas. Las tenemos bien identificadas en las regiones educativas que corresponde”, dijo en la víspera el ministro de Educación de Panamá, Ventura Vega.
El terremoto sucedió, además, en el último trimestre del año escolar, que va de marzo a diciembre en Panamá, país con serias deficiencias educativas en el sector público en comparación con el resto de Latinoamérica, según informes internacionales.
“Nos preocupa porque ahora la educación de los niños o va a seguir o se dejará el trimestre hasta donde está, que creo que es lo mejor porque los muchachos están traumados”, dijo este martes a EFE María Pérez, una madre orgullosa de las calificaciones de su hijo, desde la derruida escuela del pueblo de La Pitaloza, uno de los más devastados y lejos de centros urbanos.
Aulas entre escombros, niños sin casa
Los centros educativos de esos pequeños pueblos están completamente destruidos con techos colapsados, grietas en las paredes, el cableado eléctrico caído y un inmobiliario imposible de rescatar, según pudo comprobar EFE tras hacer un recorrido por algunas escuelas de comunidades afectadas.
En otros poblados, sin embargo, no fue posible acceder al estar incomunicados vía terrestre por la destrucción a tramos de las carreteras secundarias que los conectan.
En muchos aún se aprecian las pizarras con las vocales y coloridos utensilios educativos de los primeros cursos repletos de escombros. Permanecen ahí, inmóviles, desde que al mediodía del pasado viernes el terremoto azotó a un país no acostumbrado a fuertes temblores pese a ser parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, la zona sísmica más activa del mundo.
La gran incógnita entre los padres de familia y trabajadores de los colegios es qué pasará los próximos meses. Mientras que algunos apuestan por no seguir, otros mantienen la esperanza de que el Gobierno instale módulos temporales.
“Ya llamé a la profesora para saber cómo vamos a hacer. Están viendo a ver si nos ayudan con módulos porque ya estamos terminando el año y mi niña estaba preocupada”, comentó a EFE Sonia Valdés, otra madre orgullosa del pueblo La Pitaloza.
Al “trauma”, como califican algunos padres entrevistados, se añade que los estudiantes de las áreas afectadas también se han quedado sin vivienda. Ese es el caso de la hija de Valdés, que ayuda a sus padres a recoger las piedras que hasta hace 72 horas eran los muros de su hogar.
El terremoto de magnitud 7,7 ha dejado en el país 2.164 familias afectadas, más de 2.000 edificaciones dañadas y apenas una treintena de heridos, en su mayoría leves, según cifras oficiales, mientras Unicef estima que 8.300 niños, niñas y adolescentes necesitan asistencia humanitaria tras el seísmo.
La comunidad de La Pitaloza es una de las más golpeadas por el terremoto. Ubicada en la provincia de Herrera - a más de 300 kilómetros de la capital-, muchos vecinos han perdido sus casas mientras reciben ayuda humanitaria del Gobierno.
El milagro de no estar en la escuela el día del terremoto
Frente a la tristeza, hubo un “milagro” en medio de este terremoto que no dejó muertos: en al menos dos escuelas recorridas por EFE, en el momento del temblor no estaban los estudiantes, según comentaron trabajadores y familiares.
La escuela del pueblo de La Colorada, casi desaparecido por el sismo, está en pie desde 1913, pero hacía un mes que estrenaba una nueva cancha deportiva.
El día del terremoto los profesores decidieron enviar a los estudiantes a sus casas una hora antes del término de clases; una hora antes de que todo comenzara a temblar, comentaron a EFE vecinos y funcionarios.
“Antes de que eso pasara, ya los niños se habían ido (…) A Dios gracias estamos con vida. Lo material se recupera. Lo más importante es que los niños no estaban en los salones“, rememora temblando Omayra De Gracia, frente a la escuela de ese pueblo en el corazón de la península de Azuero.
Los niños salieron del colegio público de La Colorada pasadas las once de la mañana hora local. A las 12:50 el terremoto comenzó, los techos se desplomaron, las grietas se abrieron paso y las cuatro trabajadoras que estaban dentro se abrazaron en el patio, relata De Gracia.
En el colegio de La Pitaloza ese día no dieron clase. Los menores estaban en sus hogares. Un “milagro” más que se suma a las cero muertes registradas por el potente sismo en Panamá.




