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Nacionales Enfoque Crítico -  8 de marzo de 2026 - 21:01

Abuso y negligencia: la cruda realidad que enfrentan los niños en albergues panameños

Abuso infantil y falta de seguridad en centros de protección generan ansiedad, depresión y estrés postraumático en los menores

Por Vivian Jaén
vjaen@medcom.com.pa

María Luisa Hincapié, paidopsiquiatra, advirtió sobre la situación de riesgo que enfrentan los niños en los albergues de Panamá y las consecuencias del abuso infantil en su desarrollo emocional, físico y social. Sus declaraciones fueron dadas en el programa Enfoque Crítico y resaltan fallas estructurales y educativas en los centros de protección.

CAI de Tocumen y la organización riesgosa de los albergues

Hincapié describió la organización del CAI de Tocumen como preocupante, ya que se encuentra pared con pared con el Centro Arco Iris, donde se alojan infractores juveniles masculinos. La especialista comparó la situación con “tener a los lobos al lado del gallinero”.

“Además, llegaron a tener adultos con discapacidad que fueron trasladados a Coclé y niños muy pequeños, desde los tres años. Antes del 2021 ya se había establecido que no se podían mezclar todas las edades ni incluir a niñas víctimas de abuso. Sin embargo, incidentes similares han ocurrido en años anteriores y prácticamente nada ha cambiado”, señaló Hincapié. “Además, llegaron a tener adultos con discapacidad que fueron trasladados a Coclé y niños muy pequeños, desde los tres años. Antes del 2021 ya se había establecido que no se podían mezclar todas las edades ni incluir a niñas víctimas de abuso. Sin embargo, incidentes similares han ocurrido en años anteriores y prácticamente nada ha cambiado”, señaló Hincapié.

La especialista añadió que la falta de espacios adecuados para separar a los niños por edad y condición sigue siendo un problema recurrente: “La respuesta que recibí cuando pregunté fue que ‘no había a dónde mover a las niñas’”.

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La importancia de la acción inmediata en casos de urgencia

Según Hincapié, una situación de urgencia ocurre cuando un niño está siendo traumatizado o victimizado y necesita ser retirado de inmediato del entorno que le causa daño.

“Ahí entran los albergues como medida de protección temporal. La prioridad inicial es restituir su tranquilidad, paz y nutrición, asegurando que esté completamente seguro, tanto física como emocionalmente. Posteriormente se realiza la evaluación en salud mental y el proceso forense, que suele ser uno de los pasos que más tiempo toma. Luego, el caso entra en el curso legal para determinar si el menor puede ser restituido con su familia o necesita otras medidas de protección”, explicó. “Ahí entran los albergues como medida de protección temporal. La prioridad inicial es restituir su tranquilidad, paz y nutrición, asegurando que esté completamente seguro, tanto física como emocionalmente. Posteriormente se realiza la evaluación en salud mental y el proceso forense, que suele ser uno de los pasos que más tiempo toma. Luego, el caso entra en el curso legal para determinar si el menor puede ser restituido con su familia o necesita otras medidas de protección”, explicó.

La normalización del abuso y la falta de educación parental

Hincapié también abordó cómo la exposición repetida al abuso puede generar comportamientos normalizados:

“Si uno creció en un entorno donde existía abuso, llega a pensar que eso es normal. No se trata de intentar ser un mal padre o madre, sino de que esa conducta se percibe como la norma. El abuso no siempre surge de la maldad; muchas veces ocurre porque simplemente no sabemos hacerlo mejor. En el SENNIAF, por ejemplo, hay un área que capacita a las familias para enseñarles cómo criar sin recurrir al castigo físico”. “Si uno creció en un entorno donde existía abuso, llega a pensar que eso es normal. No se trata de intentar ser un mal padre o madre, sino de que esa conducta se percibe como la norma. El abuso no siempre surge de la maldad; muchas veces ocurre porque simplemente no sabemos hacerlo mejor. En el SENNIAF, por ejemplo, hay un área que capacita a las familias para enseñarles cómo criar sin recurrir al castigo físico”.

La experta reconoció que, aunque hoy en día todos entienden que no se debe pegar a los niños, el problema persiste en muchos lugares del país: “Como psiquiatra, es difícil de ver: siento que todos saben que no se debe usar violencia, pero la pregunta sigue siendo, ¿qué más podemos hacer?”.

Consecuencias acumulativas del abuso infantil

La especialista advirtió que los niños que han sido víctimas de abuso no enfrentan un solo evento traumático, sino varias situaciones acumulativas, lo que puede derivar en:

“Si en mi casa me golpean y luego, en el lugar que debería protegerme, también me maltratan, llego a asumir que eso es normal. Por eso los albergues tienen una gran responsabilidad de proteger al niño y evitar que siga siendo victimizado”, afirmó Hincapié. “Si en mi casa me golpean y luego, en el lugar que debería protegerme, también me maltratan, llego a asumir que eso es normal. Por eso los albergues tienen una gran responsabilidad de proteger al niño y evitar que siga siendo victimizado”, afirmó Hincapié.

La mayoría de los niños abusados no se convierten en abusadores

Hincapié aclaró que no todos los niños que sufren abuso replican la conducta:

“Solo entre un 30% y 40% de los niños abusados se convierten en abusadores crónicos. Los niños víctimas de abuso sexual tienen aún menos probabilidades, entre 5% y 10%. La mayoría, entre 70% y 80%, sigue otro camino: intentan ser ciudadanos productivos, pero rara vez alcanzan su máximo potencial debido a interrupciones en la educación, falta de confianza, limitaciones físicas o acortamiento de la expectativa de vida. Los efectos del abuso son multifactoriales y afectan múltiples aspectos del desarrollo”.

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